General·Libros

El Coronel.

Hoy se fué Gabriel García Márquez de este mundo. Quizá estaba cansado de ir de aquí para allá, o quizá muy secretamente lo planeó. En ocasiones el cuerpo nos hace jugarretas que nuestra mente no puede soportar.

El hecho me llena de tristeza en especial porque se trata de alguien no sólo a quién yo admiro, sino alguien que le regaló a la literatura universal y al hombre letras excepcionales y sabiduría pura. Muchos buscamos dejar algo de valor para los demás cuando ya no habitemos este mundo, algunos lo logran, otros no. Estoy segura que él se fue muy tranquilo al respecto.

En este día lleno de desdicha quiero dejar un poco de sus letras. Será nuestra forma de seguir disfrutando de él.

Buen viaje mi Coronel.

“Me desconcierta tanto pensar que Dios existe, como que no existe.”  El Coronel no tiene quién le escriba.

“Me alquilo para soñar. En realidad, era su único oficio.”  Me alquilo para soñar.

“… aprendieron que las obsesiones dominantes prevalecen contra la muerte, y volvieron a ser felices con la certidumbre de que ellos seguirían amándose con sus naturalezas de aparecidos, mucho después de que otras especies de animales futuros les arrebataran a los insectos el paraíso de miseria que los insectos estaban acabando de arrebatarles a los hombres.” Cien años de soledad.

“No le dijo a nadie que se iba, no se despidió de nadie, con el hermetismo férreo con que sólo le reveló a la madre el secreto de su pasión reprimida, pero a la víspera del viaje cometió a conciencia una locura última del corazón que bien pudo costarle la vida. Se puso a la medianoche su traje de domingo, y tocó a solas bajo el balcón de Fermina Daza el valse de amor que había compuesto para ella, que sólo ellos dos conocían y que fue durante tres años el emblema de su complicidad contrariada. Lo tocó murmurando la letra, con el violín bañado en lágrimas, y con una inspiración tan intensa que a los primeros compases empezaron a ladrar los perros de la calle, y luego los de la ciudad, pero después se fueron callando poco a poco por el hechizo de la música, y el valse terminó con un silencio sobrenatural. El balcón no se abrió, ni nadie se asomó a la calle, ni siquiera el sereno que casi siempre acudía con su candil tratando de medrar con las migajas de las serenatas. El acto fue un conjuro de alivio para Florentino Ariza, pues cuando guardó el violín en el estuche y se alejó por las calles muertas sin mirar hacia atrás, no sentía ya que se iba la mañana siguiente, sino que se había ido desde hacía muchos años con la disposición irrevocable de no volver jamás”.  El amor en los tiempos del cólera.

“La primera mujer que me fascinó fue la maestra que me enseñó a leer a los cinco años. Pero aquello era distinto. La primera que me inquietó fue una muchacha que trabajaba en la casa. Una noche había música en la casa de al lado, y ella, con la mayor inocencia, me sacó a bailar en el patio. El contacto de su cuerpo con el mío, cuando yo tenía unos seis años, fue un cataclismo emocional del cual todavía no me he repuesto, porque nunca más lo volví a sentir con tanta intensidad, y sobre todo, con semejante sensación de desorden.”  El olor de la guayaba.

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